Imaginaba el agua corriendo sobre los azulejos al sol. No sabía a qué olía el jazmín, pero debía de ser maravilloso. Y a juzgar por sus palabras, a Maude le encantaba el campo inglés, incluso en diciembre. Era deprimente que hubiera muerto entre personas que eran auténticos extraños y la habían acogido por caridad porque era Navidad. Los suyos no la amaban ni la querían.

Mariah se quedó parada en medio del dormitorio con sus cretonas de flores, sus pesados muebles y las cenizas muertas en la chimenea, y una odiosa realidad la dejó sin aliento. Ella misma estaba allí por caridad; nadie más la amaba ni la quería. Caroline y Joshua eran buenas personas; por eso la habían admitido, no porque se preocuparan por ella. No la querían; ni siquiera les gustaba. Ella no le gustaba a nadie. Lo sabía con la misma certeza que notaba el frío en su piel y un viento helado que calaba hasta los huesos.

Abrió la puerta. Le temblaban los dedos en el picaporte y tenía un nudo en la garganta. Una vez en el pasillo, caminó con paso inseguro hacia la otra ala de la casa, donde estaba la habitación de Joshua y Caroline. Llamó más fuerte de lo que pretendía, y cuando Caroline le abrió la puerta se encontró con que no le salía la voz.

– Ha venido la doncella y me ha contado que Maude murió durante la noche.

Mariah tragó saliva. ¡Realmente tanta emoción era ridícula! Casi no conocía a la mujer.

– Me temo que es cierto.

Caroline parecía desconsolada, pues la cara de la vieja dama no dejaba lugar a dudas. A su edad había visto bastantes muertos para no equivocarse.

– Será mejor que entre en el vestidor y se siente -dijo Caroline con amabilidad-. Le diré a Abby que le traiga una taza de té. Siento mucho que sea usted quien la haya descubierto.

Tendió el brazo para que su suegra se apoyase mientras atravesaba con dificultad la habitación y entraba en el amplio y cálido vestidor, con sus butacas y armarios, y uno de los vestidos de Caroline ya preparado para ese día.



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