Maude lo había llevado consigo, y solo le quedaba una dosis. Debía de tomarlo con regularidad. ¡Qué estúpida! Si hubiera comido con sensatez no lo habría necesitado. Era curioso que lo tuvieran en Arabia, Persia o dondequiera que hubiese estado últimamente. Y la etiqueta también estaba en inglés.

Volvió a mirarla. Tenía impreso el nombre y la dirección de un boticario de Rye, que estaba a pocos kilómetros bordeando el cabo de Dungeness.

Pero Maude había dicho que no había salido de Snave, de hecho no había tenido ocasión de salir. Así que alguien se la había dado, con una sola dosis. ¡En teoría era para curar una indigestión de nueces de macadamia! Pero ¿solo una dosis? ¡Qué raro! Sobre todo porque la persona en cuestión no estaba segura de que Maude la necesitaría. Ningún hogar carecería de un producto tan corriente, sobre todo en Navidad, cuando estaba garantizado que la gente cometía excesos. Había algo de lo más extraño.

Volvió a coger la botella y, ocultándola en los pliegues de su falda, regresó a su habitación y la escondió en un cajón con su ropa interior.

Luego, con la ayuda de Tilly -Tilly se había recuperado; su resfriado carecía de importancia en comparación con una muerte-, se vistió con las ropas más oscuras que había llevado consigo -no eran del todo negras, pues un gris era apropiado para una viuda de hacía muchos años, y la luz invernal lo haría pasar por negro-. Bajó la escalera para afrontar el resto del día.

Caroline estaba en el salón delante del fuego. Joshua había salido a buscar al médico del lugar para cumplir con las autoridades competentes.

– ¿Se encuentra bien, suegra? -preguntó Caroline con preocupación-. Ha sido una terrible experiencia para usted.



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