Mariah sonó algo sentenciosa y lo sabía. Observó con perspicacia el rostro de Caroline. Sería un desastre si su nuera la acompañaba; de hecho, el viaje sería una pérdida de tiempo. Para tener esperanza de lograr algo se vería obligada a contar a Caroline lo que sospechaba cada vez con más certidumbre cuanto más reflexionaba sobre ello.

Una chispa de esperanza iluminó los ojos de Caroline.

– Pero eso es mucho pedirle, suegra.

Por supuesto Caroline tenía sus dudas. Mariah Ellison nunca se había distinguido por sacrificarse por nadie. No era propio de su carácter. Pero Caroline no la conocía demasiado bien. Durante casi veinte años habían vivido bajo el mismo techo, y durante todo ese tiempo su suegra había vivido una mentira. Había ocultado su desdicha y el odio que sentía por sí misma bajo el manto de la viudez. Pero ¿qué otra cosa habría podido hacer? La vergüenza de su pasado ardía continuamente en su interior como si el dolor físico estuviera aún en carne viva, sangrando, y ella apenas pudiera caminar. Había tenido que mentir, por el bien de su hijo. Y la mentira se había hecho cada vez más grande en su interior, alejándola de todo el mundo.

– No me lo has pedido -dijo con más brusquedad de la que pretendía-. Yo me he ofrecido. Esta solución parece la más sensata.

¿Debía añadir que Caroline y Joshua la habían acogido con amabilidad y que aquella era su pequeña compensación? No. Caroline nunca lo creería. Le habían permitido alojarse allí, pero no era bienvenida; no era tan estúpida como para llegar a imaginar que sí. Caroline sospecharía.



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