– No tengo nada más que hacer -añadió aportando un poco de realismo-. Me aburro.

Aquello resultaba creíble. Claro que no estaba dispuesta a admitir ante nadie, y menos ante Caroline, que admiraba a Maude Barrington y sentía una rabia inmensa ante la idea de que su familia la hubiera abandonado, y muy posiblemente uno de sus parientes la hubiera asesinado. Mariah esperó la reacción de Caroline. No debía insistir tanto.

– ¿Está segura de que no le importa? -Caroline aún no estaba convencida.

– Muy segura -respondió Mariah-. Aún hace una mañana agradable. Me arreglaré, comeré algo ligero y luego me iré. Es decir, si podéis prestarme el carruaje para que me lleve hasta allí. ¡Dudo que haya otro modo de viajar en este atrasado lugar! -De repente se le ocurrió algo-: Pero tal vez teméis que…

– No -se apresuró a contestar Caroline-. Es muy generoso por su parte, y me parece muy apropiado. Demuestra más preocupación de lo que cualquier carta demostraría, por muy sincera o bien escrita que estuviera. Claro que el cochero la llevará. Como bien ha dicho, el tiempo es aún bastante clemente. Esta tarde sería perfecto. Se lo agradezco.

Mariah sonrió, intentando mostrarse menos triunfante de lo que se sentía en realidad.

– Entonces iré a prepararme -respondió apurando su té y levantándose.

Pretendía quedarse en Snave todo el tiempo que fuera necesario para descubrir la verdad sobre la muerte de Maude y demostrarla. No bastaba con ser la única que lo sabía. Su visita podía prolongarse varios días. Tenía que conseguirlo. No por una cuestión de sentimentalismo, sino por una cuestión de principios; y ella era una mujer a quien aquellas cosas importaban mucho.


El viaje fue accidentado y frío, a pesar de la pequeña manta que le abrigaba de cintura para abajo. Un viento muy frío, que venía del mar, gemía y dispersaba las nubes de vez en cuando. La luz era fría y dura sobre el brezal bajo. Aquella era «la costa de la invasión», la misma en la que Julio César había desembarcado cincuenta y cinco años antes del nacimiento de Cristo. ¡Entonces no existía la Navidad! Él también había sido asesinado, y por su propia gente, a quienes conocía y en quienes confiaba desde hacía años.



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