Once siglos después, Guillermo I de Inglaterra había desembarcado con sus caballeros y arqueros y matado al rey Harold en Hastings, un poco más allá en aquella costa. De algún modo, Mariah estaba ligeramente satisfecha de que César hubiera llegado hasta allí. Roma era entonces el centro del mundo, e Inglaterra se enorgullecía de formar parte de ese imperio. Sin embargo, la invasión de Guillermo el Conquistador todavía dolía, lo cual era una tontería, ¡porque había sucedido hacía casi mil años! Pero aquella fue la última vez que Inglaterra fue conquistada, y esa idea le molestaba.

La armada del rey Felipe II de España probablemente también habría desembarcado allí, si el viento no la hubiera destruido. Igual que Napoleón Bonaparte. En lugar de eso él prefirió irse a Rusia, lo cual resultó ser una mala idea.

¿No sería aquello también una mala idea, una locura arrogante y estúpida, fruto de una imaginación febril? Pero ¿cómo iba ahora a echarse atrás? ¡Parecería una perfecta idiota! Ya era bastante desagradable caer mal a la gente. Sentir que la despreciaban, o peor aún, que la compadecían, sería insoportable.

Al mirar por la ventana del carruaje mientras el cielo se oscurecía y el sol, que ya se estaba poniendo, se teñía de gris, Mariah no pudo imaginar por qué alguien querría ir hasta allí si podía evitarlo. ¡Salvo Maude, claro! A ella aquellas vastas planicies y los cielos azotados por el viento le parecían hermosos, con sus estandartes de nubes, las hierbas del pantano y el aire que siempre olía a salitre.

¡Quizá no las había visto heladas y duras como una piedra, ni se había encontrado envuelta por un manto de niebla tan espesa que uno no veía ni su propia mano delante de las narices! Aquello era exactamente lo que sería útil entonces, decidió Mariah: un tiempo horrible, para que no pudiera volver a Saint Mary in the Marsh en varios días.



30 из 101