
– Es inaceptable -dijo en un tono que habría helado el agua de un vaso.
Emily la miró un momento, mientras volvía a ordenar sus pensamientos.
– En esta época del año hay demasiado viento para que haya niebla -dijo por fin-. Quizá puedas mirar las olas.
– ¿En un pantano? -preguntó la abuela con sarcasmo.
– La casa está en realidad en Saint Mary in the Marsh -respondió Emily-. Está muy cerca del mar. Será agradable. No tienes por qué salir si hace frío y no te apetece.
– ¡Claro que hará frío! ¡Está al lado del canal de la Mancha y es pleno invierno! Probablemente será mi muerte.
A juzgar por su aspecto, Emily parecía algo incómoda.
– No será tu muerte -dijo en un tono animoso un poco forzado-. Mamá y Joshua te cuidarán muy bien. Incluso podrías conocer gente interesante.
– ¡Pamplinas! -dijo la abuela, furiosa.
Pero la vieja dama no tenía otra alternativa, y al día siguiente estaba sentada con su doncella, Tilly, en el carruaje de Emily. El coche avanzó despacio entre el tráfico de la ciudad y luego aceleró al tomar la carretera del sur del río en dirección hacia Dover, que está a ciento veintiocho kilómetros de Londres.
Por supuesto, Mariah sabía que el viaje sería horroroso. Para poder hacer el trayecto en un día, había salido justo después de desayunar, y seguramente les daría la medianoche antes de que llegaran a ese villorrio dejado de la mano de Dios en el que Caroline había decidido pasar la Navidad. ¡Solo Dios sabía cómo sería aquello! Si estaban atravesando apuros económicos, tal vez no fuera más que una casa de campo sin las comodidades de la civilización y tan pequeña que se vería obligada a pasar todo el tiempo en su compañía. ¡Aquella iba a ser la peor Navidad de su vida!
¡Era increíble la falta de consideración de Emily al irse de viaje a Francia -a Francia nada menos, mira que había sitios para ir y tenía que ser precisamente Francia-, en aquella época del año! Era un ultraje a la lealtad y a los deberes familiares.
