Había emprendido una enorme tarea, y cuanto más lo pensaba, más formidable le parecía y más imposible. En cierto sentido, era un consuelo que no pudiera regresar, o lo habría hecho. No tenía ni la menor idea de cómo sería esa gente, y no tenía ni pizca de autoridad con la que respaldar lo que tenía intención de hacer. O al menos intentar. A fin de cuentas, habría sido mejor que Charlotte hubiera estado allí. Se había inmiscuido tan a menudo en los casos policíacos de su marido que sin duda había adquirido un sexto sentido para las pesquisas.

Pero ella no estaba allí, y su abuela tendría que apañárselas sola lo mejor posible, y salir adelante costara lo que costase. Tenía inteligencia y determinación, y con eso bastaría. ¡Ah!, y además el derecho estaba de su parte. Era monstruoso que hubieran asesinado a Maude Barrington, si es que la habían asesinado. Pero fuera cual fuese la verdad, su familia la había desamparado, y en Navidad. Aquello en sí mismo constituía una ofensa imperdonable y, en nombre de Maude, sentía aquel ultraje en lo más profundo.

Recorrió la distancia demasiado deprisa. Estaba solo a unos kilómetros, un viaje de cuarenta minutos al trote ligero, mucho menos de haber sido en línea recta. Cada camino parecía doblarse sobre sí mismo como si bordeara cada campo y cruzara por cada zanja dos veces. El cielo había vuelto a despejarse y la luz larga y baja arrancaba destellos a la temblorosa hierba y proyectaba entramados de sombras a través de los árboles desnudos cuando el carruaje entraba en la pequeña aldea de Snave. En realidad solo había una gran casa señorial. El resto parecían casitas y alquerías. ¿Por qué, en nombre de Dios, desearía alguien vivir allí? No era más que un ensanchamiento de la carretera.

Respiró hondo para calmar sus nervios y esperó con el corazón en un puño mientras el cochero le abría la puerta. Había estado ensayando una docena de veces lo que iba a decir, y ahora que lo necesitaba, se le había ido completamente de la cabeza.



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