
En el camino de entrada, el viento cortaba como un cuchillo y su fuerza le obligaba a balancearse sobre sus pies para mantenerse en pie. Agarró fuerte la capa para evitar que se le volara, y caminó con paso firme hasta la puerta principal, apoyándose pesadamente sobre su bastón. El cochero tocó la campanilla por ella, y se retiró a un lado.
Respondieron casi de inmediato. Alguien debía de haber visto llegar el carruaje. Un mayordomo de aspecto muy ordinario le habló con bastante cortesía.
– Buenas tardes -respondió-. Soy la señora Mariah Ellison. El señor Joshua Fielding, en cuya casa se alojaba la señorita Barrington, es mi yerno. -Más tarde ya explicaría la naturaleza exacta de su parentesco, si era necesario-. Me temo que traigo noticias muy malas para la familia, de esas que solo se pueden dar en persona.
El mayordomo pareció alarmarse.
– ¡Oh, cielos! Pase, por favor, señora Ellison. -Abrió más la puerta para que entrase y se retiró unos pasos.
– Gracias -aceptó-. ¿Puedo pedirle el favor de que le dé cobijo y un refresco a mi cochero también, y tal vez agua para los caballos, y al menos, mientras tanto, un poco de abrigo de este viento tan cortante?
– ¡Claro! ¡Por supuesto! ¿Viene…? -Tragó saliva-. ¿Viene la señorita Barrington con usted?
– ¡No, en realidad no! -respondió siguiéndolo al interior, después de echar una breve mirada hacia atrás para asegurarse de que el cochero la había oído, y rodearía la casa y se presentaría en los establos.
Dentro de la sala no pudo evitar mirar a su alrededor. No era una casa al estilo londinense; sin embargo, estaba bien amueblada y era muy cómoda. El suelo era de roble muy viejo, oscurecido por siglos de uso. Las paredes estaban recubiertas de paneles de madera más clara, y de ellas colgaban muchos cuadros; por suerte no eran los habituales retratos de generaciones de antepasados con semblantes tan agrios como para cortar la leche. Al contrario, eran cuadros esplendorosos de naturalezas muertas con frutas y flores, y una o dos escenas pastoriles con enormes cielos y apacibles vacas. Al menos alguien había tenido muy buen gusto. Y por suerte también hacía un calor muy agradable.
