– La familia está reunida, señora -prosiguió el mayordomo en tono grave-. ¿Prefiere tal vez dar la noticia a la señora Harcourt en privado? Ella es la hermana mayor de la señorita Barrington.

– Gracias -aceptó Mariah-. Ella sabrá mejor cómo informar al resto de la familia.

Inclinó la cabeza en señal de aceptación y la condujo hasta una puerta situada en uno de los lados. La acompañó hasta una habitación muy agradable, encendió las luces para ella y atizó el fuego, que estaba a punto de extinguirse. Colocó de manera estratégica un par de trozos de carbón, luego se excusó y se marchó. No le ofreció té. Tal vez estaba demasiado alarmado con la noticia, aunque ignoraba su alcance. A juzgar por su conducta, esperaba una desgracia y no una tragedia, un detalle interesante.

Se acercó al fuego para tratar de entrar en calor. El corazón aún le latía con fuerza y le costaba mantener una respiración regular.

La puerta se abrió y entró una mujer de una gran belleza, que cerró la puerta tras de sí. Tendría unos sesenta años, cabello caoba con matices más dorados que cobrizos, y la tez clara y joven que suele acompañar a ese tipo de cabello. Sus rasgos eran refinados y sus ojos grandes y azules. Tenía una boca perfectamente delineada y se parecía muy poco a Maude. No parecían hermanas. Nadie habría llamado a Maude guapa. Lo que hacía tan atractivo su rostro era la inteligencia, la sensibilidad, la imaginación y un alma desbordante de alegría. No había nada de eso en el rostro de aquella mujer. De hecho parecía temerosa y enfadada. Vestía a la última moda, con un corte impecable y las hombreras y mangas altas de rigor.



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