
– Buenas tardes, señora Ellison -dijo en tono frió y educado-. Soy Bedelía Harcourt. Mi mayordomo me dice que ha venido desde Saint Mary in the Marsh para traernos malas noticias sobre mi hermana. Espero que no la haya… -Vaciló con delicadeza-. Espero que no la haya molestado.
Mariah notó crecer en su interior una especie de ira tan violenta que casi se desmaya. Tenía ganas de dirigir su furia contra aquella mujer, incluso de abofetear su perfecto rostro. Sin embargo, habría sido absurdo y la manera más segura de no averiguar nada. Estaba convencida de que Pitt no habría tenido un comportamiento tan… ¡tan aficionado!
– Lo siento mucho, señora Harcourt. -Hizo un gran esfuerzo por controlarse, el mayor que había ejercido sobre su carácter en toda su vida-. Pero la noticia que debo darle es muy mala. Por eso he venido en persona en lugar de escribirle una carta. -Observó atentamente el rostro de Bedelia para ver si le traicionaba el más mínimo signo de que ya lo sabía, pero no vio nada-. Me temo que la señorita Barrington murió ayer mientras dormía. Lo siento mucho.
Al menos eso era verdad. Se sorprendió de lo mucho que lo sentía.
Bedelia se quedó mirándola fijamente como si sus palabras no tuvieran ningún sentido o ella no pudiera comprenderlo.
– ¿Murió? -repitió llevándose la mano a la boca-. ¿Maude? ¡Pero si nunca dijo que estuviera enferma! ¡Yo lo habría sabido! ¡Oh, es terrible! ¡Muy terrible!
– Lo siento -volvió a decir Mariah-. La doncella llamó a mi puerta. Como yo me alojaba en aquella parte de la casa, fui a verla de inmediato, pero la señorita Barrington debió de fallecer a primeras horas de la noche. Estaba… muy fría. Por supuesto, llamamos al médico.
– ¡Oh, santo cielo! -Bedelía retrocedió y casi se plegó en el sillón que estaba detrás de ella. Se desplomó, pero con una gracia peculiar-. Pobre Maude. Cómo me habría gustado que me contara algo. Era tan… tan reservada… tan valiente.
