Mariah recordó la carta de Bedelia a Joshua en la que le decía que no podía alojar a Maude en casa porque tenían un invitado importante, y hubo de hacer grandes esfuerzos por no refrescarle la memoria. Pero aquella reacción la habría convertido en una enemiga y habría resultado imposible averiguar algo. En realidad, la labor de detective requería sacrificios mayores de los que había previsto.

– Siento mucho ser portadora de una noticia tan dolorosa -dijo en lugar de eso-. Me imagino la conmoción que debe de ser para usted. Pasé muy poco tiempo con la señorita Barrington, una persona deliciosa. Y admito que me pareció que gozaba de una salud excelente. Comprendo su conmoción.

Bedelia levantó los ojos y la miró.

– Ella… ella vivió en el extranjero durante algún tiempo, en climas muy severos. Debió de afectarle más de lo que aparentaba. Es posible que más de lo que le parecía a ella.

Mariah se sentó en el otro sillón, enfrente de Bedelia.

– Maude nos habló un poco de Marrakech y creo que de Persia. Y también de Egipto. ¿Estuvo allí mucho tiempo?

– Años -respondió Bedelía poniéndose de pie-. Desde que se fue, poco antes de que yo me casara, y de eso hace cuarenta años, tal vez viviera de un modo mucho más… dañino para su salud de lo que ella creía. Quizá ni ella misma lo supiese.

– Quizá no -convino Mariah. Luego se le ocurrió una idea. Allí sentada cómodamente y sin cuestionar nada era improbable que consiguiera alguna información. Pitt lo habría hecho mejor-. O tal vez fuera muy consciente de que no tenía buena salud, y por eso regresó a Inglaterra, con su familia y con quienes sentía más próximos.

Los magníficos ojos de Bedelía se abrieron como platos y por un momento se volvieron tan duros y fríos como el mar en lo más crudo del invierno.

Mariah le devolvió la mirada sin pestañear.

Bedelia dio un largo suspiro.



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