
– Supongo que tiene usted razón. Eso no se me había pasado por la mente. Al igual que usted, yo creía que Maude gozaba de una excelente salud. Parece que las dos estábamos trágicamente equivocadas.
– ¿No le dijo nada que le hiciera sospechar algo así? -A Mariah le parecía muy descortés insistir en el tema, pero la justicia era antes que las buenas maneras.
Bedelia vaciló unos instantes, como si no pudiera decidirse a responder.
– No se me ocurre nada -dijo al cabo de un momento-. Confieso que estoy absolutamente destrozada. Mi cabeza parece no funcionar bien. Nunca he perdido a nadie tan… tan allegado.
– ¿Sus padres aún viven? -dijo Mariah sorprendida.
– ¡Oh, no! -corrigió enseguida Bedelia-. Me refería a alguien de mi propia generación. ¡Mis padres fueron unas personas excelentes, claro! Pero distantes. Una hermana es… es alguien muy querido para mí. Quizá una solo se da cuenta cuando se ha ido. El vacío que deja es mayor del que podría haber imaginado de antemano.
Está sobreactuando, pensó Mariah. ¡Ni siquiera la acogió en su casa! Por fuera sonrió; fue una sonrisa del todo artificial.
– Es natural que esté usted sufriendo una conmoción -se apiadó-. Cuando alguien de nuestra propia generación se muere nos recuerda que somos mortales; la sombra de la muerte se cruza en nuestro camino. Recuerdo cómo me sentí cuando murió mi marido.
Y era cierto: fue la liberación más maravillosa de su vida, aunque no se lo hubiera contado a nadie, simulara estar desconsolada y llevara luto por él durante el resto de su vida, como la reina.
– ¡Oh, lo siento! -se apresuró a decir Bedelía-. ¡Pobrecita! Y ahora ha venido usted hasta aquí, con este tiempo, para darme la noticia en persona. Y yo estoy aquí sentada sin ofrecerle ni siquiera un té. No sé dónde tengo la cabeza. Yo aún tengo a mi querido Arthur y debo permitir que sea mi consuelo. -Se puso en pie con cierta inestabilidad.
