
– Gracias, es usted muy amable -aceptó Mariah-. Debo admitir que ha sido un día horrible, y estoy agotada. Me alegro de que tenga a su marido con usted. Sin duda será un gran apoyo. Una puede sentirse tan… sola.
La preocupación ablandó el rostro de Bedelia.
– No puedo ni imaginarlo. Siempre he sido tan afortunada… Esta habitación es un poco fría. ¿Le importaría venir al salón, donde hace más calor? Tomaremos el té juntos y pensaremos en lo que hay que hacer. Claro que si prefiere volver a Saint Mary in the Marsh lo antes posible, lo comprenderemos.
– Gracias -dijo Mariah con voz débil-. Le agradeceré que me permita descansar cuanto necesite, sin ser una molestia para usted. Y tenga la certeza de que el té será muy bien recibido.
Se levantó vacilando lo justo para no caerse, lo cual habría sido ridículo, y lo guardaba como último recurso si fallaba todo lo demás.
Bedelia le mostró el camino por el pasillo hasta el salón, y Mariah la siguió fingiendo estar tan débil como le permitía su dignidad natural. Tenía que aparentar un cansancio creíble.
El salón era espacioso y el calor del generoso fuego las abrazó en cuanto entraron. Había muchos muebles de gustos modernos: aparadores de madera tallada, mullidos sofás y sillones con macasares en todos ellos. También había sillas de respaldo alto junto a las paredes, con cómodos asientos tapizados en piel y patas ligeramente curvas, y varios escabeles ribeteados de borlas. Una alfombra turca de vivos colores estaba gastada y más apagada allí por donde posiblemente habían pasado generaciones de pies. En las paredes había una colección de bordados, cuadros de todo tipo, grandes y pequeños, y varios animales disecados en vitrinas de cristal; incluso una vitrina llena de mariposas tan secas como la seda. Dominaban los colores cálidos, dorados, marrones y ocres rojizos. Caroline lo habría encontrado opresivo. A Mariah le dio rabia encontrarlo muy agradable, e incluso familiar.
