
Las personas que había allí eran otro cantar. Fue presentada, y Bedelía se vio obligada a explicarles el motivo de su presencia.
– Queridos. -Todos se volvieron hacia ella-.
Esta es la señora Ellison, que ha tenido la amabilidad de venir en persona en lugar de enviarnos un mensaje con la terrible noticia. -Se dirigió a Mariah-. Estoy segura de que preferirá sentarse, tal vez junto al fuego. Permítame presentarle a mi hermana, la señora Agnes Sullivan.
Señaló a una mujer cuyo parecido superficial se explicaba por su parentesco. Parecían de la misma altura, aunque la señora Sullivan no se había levantado como habían hecho los tres hombres. En su juventud su tez tal vez fuera parecida a la de Bedelia, pero ahora la afeaban manchas grises. Tenía unos rasgos cincelados con menos delicadeza y su expresión, aparte de mostrar cierta tristeza, era mucho más amable. Sus ropas, aunque de buen corte, solo conseguían hacerla parecer corriente.
– ¿Cómo está usted, señora Sullivan? -dijo Mariah en tono formal.
– Y su marido, el señor Zachary Sullivan -continuó Bedelia.
Zachary hizo una ligera inclinación de cabeza. Era un hombre esbelto de cabello castaño y sienes plateadas. Tenía un rostro también agradable, pero marcado por cierta sensación de pérdida, como si no hubiera conseguido conquistar algo que le importaba demasiado para olvidarlo.
– Mi nuera, Clara, y mi hijo, Randolph -prosiguió Bedelía señalando con un movimiento de brazo a un joven cuya tez se parecía a la suya, pero sus rasgos no, al ser considerablemente más fuertes y duros. La mujer que estaba junto a él era bastante bella, en cierto sentido: cabello oscuro, ojos negros y cejas demasiado espesas.
Bedelia sonrió, a pesar de la situación.
– Y mi esposo, Arthur -concluyó, volviéndose hacia un hombre notablemente guapo, cuyo cabello oscuro era entonces de color gris herrumbroso. Tenía unos ojos inteligentes y vivos que atraían la atención al instante, y al sonreír mostró unos dientes perfectos.
