El día era gris y desabrido, pero por suerte solo chispeaba de vez en cuando. Hicieron un alto para almorzar y cambiar los caballos, y volvieron a pararse, algo después de las cuatro, para tomar el té. En aquel momento, como es natural, ya estaba oscuro y Mariah no tenía ni la menor idea de dónde se encontraba. Estaba fatigada, sentía calambres en las piernas de estar tanto rato sentada, y los inevitables traqueteos y sacudidas eran un calvario continuo. Y claro, hacía frío, un frío que pelaba.

Volvieron a detenerse otra vez para preguntar el camino cuando las sendas se hicieron más estrechas y con más baches y surcos aún. Cuando por fin llegaron a Saint Mary in the Marsh, Mariah estaba de un humor de perros, se habría podido encender fuego solo con las chispas que echaba. Descendió con la ayuda del cochero al camino de gravilla de lo que era una gran casa. Todas las luces estaban encendidas y una espléndida corona de acebo adornaba la puerta principal.

Enseguida notó el olor a humo y a sal, y un viento cortante y afilado como una bofetada en pleno rostro. Era un viento húmedo que sin duda venía del mar. Caroline no solo había dilapidado su dinero, sino también el último vestigio que le quedaba de sentido común.

La puerta se abrió y Caroline bajó las escaleras sonriente. A sus cincuenta años aún era una mujer de una belleza asombrosa; su cabello caoba oscuro solo estaba salpicado de plata en las sienes, lo que le daba cierta dulzura. Vestía de un rojo intenso y cálido que otorgaba fulgor a su piel.

– Bienvenida a Saint Mary, suegra -dijo en tono cauteloso.

A la vieja dama no se le ocurrió nada a la altura de la situación, ni de sus sentimientos. Estaba cansada, confusa y se sentía profundamente desgraciada al ser relegada a un lugar extraño donde sabía muy bien que no estaba de más.

Hacía varios meses que no veía a su antigua nuera. Nunca habían sido verdaderas amigas, aunque habían vivido bajo el mismo techo más de veinte años. En vida de su hijo se habían declarado una tregua. Después, Caroline se había comportado de un modo vergonzoso y no había admitido consejo alguno. Mariah tuvo que buscarse otro lugar donde vivir porque Caroline y Joshua viajaban mucho, como exigía su ridícula profesión. Nunca se planteó que



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