Mariah viviera con Charlotte, su nieta mayor. Charlotte había escandalizado a todo el mundo casándose con un policía, un hombre sin clase, ni dinero, cuya ocupación desafiaba toda descripción bien educada. ¡Solo Dios sabía cómo habían logrado sobrevivir!

Así que no le quedó más remedio que irse a vivir con Emily, quien al menos había heredado una considerable fortuna de su primer marido.

– Entre a calentarse. -Caroline le ofreció su brazo. Mariah se apresuró a declinarlo y en lugar de eso se apoyó con dificultad en su bastón-. ¿Quiere una taza de té o de chocolate caliente? -añadió Caroline.

A Mariah le apetecía mucho, y así lo hizo saber mientras entraba en un vestíbulo espacioso y bien iluminado. Quizá los techos eran un poco bajos, pero el suelo era de un excelente parquet. La escalera subía a un descansillo y suponía que a varios dormitorios. Si alimentaban bien el fuego y la cocinera tenía un mínimo de pericia, después de todo, tal vez su estancia resultase soportable.

Un sirviente le entró las maletas y Tilly le siguió. Joshua se acercó, saludó a la suegra de su esposa y le cogió la capa. La acompañaron hasta el salón, donde ardía un fuego en una chimenea lo bastante grande para dar cabida a medio árbol.

– ¿Tal vez le apetezca una copa de jerez después de un viaje tan largo? -ofreció Joshua.

Era un hombre delgado de una estatura un poco por encima de la media, pero con una gracia extraordinaria, y su voz presentaba la belleza y la finura propias de un actor. No era guapo en el sentido tradicional de la palabra -tenía la nariz demasiado prominente y los rasgos demasiado expresivos-, pero poseía una presencia que no se podía pasar por alto. Los prejuicios de Mariah ordenaban que le desagradara; sin embargo, él había sido más perspicaz que Caroline al adivinar lo que le apetecía.



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