
– Gracias -aceptó-. Me encantaría.
Le sirvió una copa llena con el decantador de cristal y se la ofreció. Se sentaron y conversaron sobre la región, sus características y un poco de su historia. Después de media hora Mariah se retiró a sus aposentos, y se sorprendió al constatar que solo eran las diez y cuarto, una hora del todo razonable. Le había parecido que era ya medianoche. Le había dado esa impresión, y le molestaba equivocarse.
A la mañana siguiente Mariah se despertó después de haber dormido toda la noche de un tirón. Por la cantidad de luz que se filtraba a través de las cortinas debía de ser bastante tarde, quizá incluso ya habían desayunado. Al llegar apenas se había molestado en mirar a su alrededor. Ahora descubría una habitación agradable, una pizca anticuada, lo cual en condiciones normales solía ver con buenos ojos. El estilo moderno, que se caracterizaba por limitar la cantidad de muebles, dejar mucho más espacio vacío, desterrando las borlas y los volantes, despojando las paredes y cualquier superficie disponible de esculturas, bordados y fotografías, le parecía demasiado monástico. Daba la impresión de que allí no vivía nadie, o si vivían no tenían una familia ni un pasado que se atrevieran a mostrar.
Pero estaba decidida a que no le gustara nada. La habían manipulado, sacado de lo que ella consideraba su hogar, y la habían despachado a la costa como a una criada que se hubiera quedado encinta y tuvieran que hacerla desaparecer durante un tiempo, hasta que todo estuviera arreglado. Era un modo cruel e irresponsable de tratar a una abuela. Pero en aquellos tiempos modernos había desparecido todo respeto. Las jóvenes ya no tenían ninguna educación.
Mariah se levantó y se vistió con la ayuda de Tilly, luego bajó la escalera, con unas ganas enormes de comer algo.
