Le dio mucha rabia descubrir que Caroline y Joshua se habían levantado pronto y se habían ido a pasear hacia la playa. Se vio obligada a desayunar tostadas con mermelada y un huevo algo pasado por agua, sola en el comedor, sentada a un extremo de la mesa de caoba bien encerada, rodeada de catorce sillas vacías. Aunque en la casa hacía un calor agradable, sentía frío, un frío que notaba no tanto en el cuerpo como en el alma. Aquel no era su mundo. No conocía a nadie. Hasta los criados eran unos extraños de los que no sabía nada en absoluto, ni ellos de ella. No tenía nada que hacer y ni nadie con quien hablar.

Cuando hubo acabado, se levantó y se dirigió hacia los altos ventanales. Fuera parecía hacer un frío glacial: el viento desgarraba las nubes en jirones que atravesaban un cielo azul pálido, como si el color hubiera muerto en él. Los árboles estaban desnudos; las mojadas ramas negras temblaban, curvando sus ápices hacia abajo. En el jardín no había nada ni remotamente parecido a una flor. Un viejo remontaba el sendero del otro lado de la verja, con el sombrero calado y los extremos de la bufanda azotándole los hombros y aleteando a su espalda. Ni siquiera volvió la cabeza para mirar hacia ella.

Mariah entró en el salón donde crepitaba un agradable fuego y se sentó a esperar a que Caroline y Joshua volvieran. Iba a aburrirse como una ostra, sin remedio. Era muy triste estar tan sola en su vejez.

¿Habría algún tipo de vida social en aquel lugar dejado de la mano de Dios? Tocó la campana y al poco apareció la doncella, una muchacha de campo, a juzgar por su aspecto.

– ¿Sí, señora Ellison? -dijo expectante.

– ¿Cómo te llamas? -le preguntó Mariah.

– Abigail, señora.

– Quizá puedas decirme, Abigail, ¿qué hace la gente aquí además de ir a la iglesia? Porque supongo que habrá una iglesia…

– Sí, señora. Saint Mary the Virgin.



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