
– ¿Estás segura de que es Mamie Wright? -preguntó.
La parte que funcionaba de mi mente me dijo que Arthur Smith tenía motivos para preguntar. Quizá, si hubiese estado en su lugar, yo también habría tenido dudas. Su ojo… Oh, Dios mío, su ojo.
– No aparecía en la sala grande, pero su coche está aparcado fuera y ese es su zapato -conseguí decir con los dedos apretados sobre la boca.
La primera vez que le vi esos zapatos puestos, pensé que eran los más horribles que había visto jamás. Odio el turquesa. Intenté aliviarme con ese pensamiento. Era mucho más agradable que pensar en lo que tenía justo delante.
El policía me sorteó con mucho cuidado y se acuclilló con más cuidado si cabe junto al cuerpo. Le puso los dedos en el cuello. Sentí que la bilis ascendía hasta mi garganta. No tenía pulso, por supuesto. ¡Qué ridiculez! Mamie estaba muerta.
– ¿Puedes levantarte? -me preguntó al cabo de un momento. Se limpió las manos mientras se incorporaba.
– Si me echas una mano.
Sin más ceremonias, Arthur Smith me puso en pie y me sacó por la puerta en un solo movimiento. Era muy fuerte. No dejó de rodearme con el brazo mientras cerraba la puerta y me dejó apoyada en ella. Sus ojos azules me miraban pensativamente.
– Eres muy ligera -dijo-. Estarás bien si te dejo un momento. Voy a ese teléfono de la pared.
– Vale. -Mi propia voz me pareció extraña, ligera, metálica. Siempre me había preguntado si sería capaz de mantener la compostura si me encontrase con un cadáver, y allí estaba, manteniéndola, me dije locamente mientras observaba cómo se alejaba para hacer una llamada por el teléfono público. Me aliviaba no perderle de vista. Puede que no estuviese tan entera si me hubiese tenido que quedar sola en ese pasillo, con un cadáver a mis espaldas.
Mientras Arthur murmuraba unas palabras por el auricular, yo mantuve los ojos pegados a la puerta de la sala más grande del otro lado del pasillo, donde John Queensland debía de estar deseando dar comienzo a la reunión.
