
Por sorprendente que parezca, adoro a mi madre.
Suspiré, como suelo hacer cuando pienso en ella, y terminé de recogerme el pelo con la velocidad que da la práctica. Comprobé mi reflejo en el gran espejo de pared: pelo marrón, gafas marrones, ojos marrones, mejillas rosas (artificial) y buena piel (real). Como a fin de cuentas era noche de viernes, me deshice de mi ropa de trabajo, una blusa sencilla y una falda, y opté por una cómoda camiseta de tirantes y unos pantalones holgados negros. Decidí que no era lo bastante festivo para William Herbert Wallace y me puse un lazo amarillo en el nacimiento de la trenza, a juego con el jersey que completaba el conjunto.
Una mirada al reloj me indicó que había llegado el momento de irse. Me pinté un poco los labios, cogí el bolso y troté escaleras abajo. Paseé la mirada por la zona que hacía las veces de guarida, comedor y cocina que ocupaba la mitad de la planta inferior de la casa. Estaba impoluta; odio volver a casa y encontrármela hecha una leonera. Me hice con mi cuaderno de apuntes y localicé las llaves mientras recitaba los hechos del caso Wallace. Había pensado en fotocopiar las borrosas fotografías del cuerpo de Julia Wallace para repartirlas y mostrar el escenario del crimen, pero pensé que quizá sería sensacionalista y, sin duda, irrespetuoso para con la señora Wallace.
