Un club como el de Real Murders

Encendí la luz exterior mientras cerraba la puerta. Acababa de empezar la primavera y ya había oscurecido; aún no habíamos cambiado al horario de verano. Bajo la excelente luz de la puerta de atrás, mi patio, rodeado de altas vallas, presentaba un aspecto impoluto, las rosaledas a punto de florecer.

– ¡Ayho, ayho, de crímenes voy a hablar! -canturreé desafinadamente, cerrando la verja tras de mí. Cada una de las cuatro casas adosadas cuenta con dos plazas de aparcamiento, y hay más al otro lado para visitas. Bankston Waites, mi vecino de dos puertas más abajo, también se disponía a meterse en su coche.

– Nos vemos allí -dijo-. Primero tengo que recoger a Melanie.

– De acuerdo, Bankston. ¡Hoy toca Wallace!

– Lo sé. Ya había ganas.

Arranqué el motor, dejando que Bankston saliera primero de camino a recoger a su bella dama. Tuve la tentación de sentir lástima por mí misma por el hecho de que Melanie Clark tuviese una cita y yo me viese en la situación de ir sola a Real Murders, pero no me apetecía ponerme triste. Vería a mis amigos y pasaría una noche de viernes estupenda, como de costumbre. Puede que hasta mejor.

Al dar marcha atrás, me di cuenta de que la casa junto a la mía tenía las luces encendidas y había un coche desconocido aparcado en una de sus plazas. Así que eso era lo que significaba el mensaje que mi madre me había dejado pegado en la puerta de atrás.

Me había estado instando a que me comprase un contestador automático, ya que los inquilinos de la casa (sus arrendatarios) podían necesitar dejarme a mí (la presidenta de la comunidad) mensajes mientras estuviese trabajando en la biblioteca. En realidad creo que mi madre quería saber que podía hablar conmigo aunque no estuviese en casa.



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