Al entrar en el pasillo, la pesada puerta de metal se cerró de golpe tras de mí. El edificio solo tenía cinco habitaciones; la solitaria puerta metálica de la izquierda conducía a la sala principal, donde celebrábamos nuestras reuniones. Las cuatro puertas de la derecha daban a una pequeña sala de conferencias, los servicios de hombres y mujeres y, al final del pasillo, a una pequeña cocina.

Todas las puertas estaban cerradas, como de costumbre, ya que mantenerlas abiertas requería de más tenacidad de la que ninguno de nosotros era capaz de desplegar.

El Centro de Veteranos había sido construido para resistir un ataque enemigo, dedujimos, y las pesadas puertas hacían que el edificio estuviese sumido en un profundo silencio. Incluso ahora, a sabiendas de que, por los coches aparcados fuera, había al menos dos personas más en el edificio, no se escuchaba nada.

El efecto de todas esas puertas cerradas en un pasillo tan despejado era inquietante. Era como un pequeño túnel beis apenas interrumpido en su uniformidad por el teléfono público adherido a la pared.

Recordé que una vez le dije a Bankston Waites que, si alguna vez sonaba, esperaría encontrarme con Rod Serling

Y el teléfono sonó.

Me volví de repente y di dos pasos titubeantes hacia el aparato, el corazón a punto de salirse de mi pecho. Todo seguía quieto en el silencioso edificio.

El teléfono volvió a sonar. Mi mano se cerró, reacia, sobre el auricular.

– ¿Diga? -contesté suavemente, carraspeé y volví a intentarlo-. Diga -repetí con firmeza.

– ¿Podría hablar con Julia Wallace, por favor? -dijo una voz susurrada.

Sentí que se me erizaban todos los pelos.

– ¿Qué? -balbuceé.

– Julia -susurró la voz.



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