
Un trozo de cortina ardiendo aterrizó, de pronto, en su cabeza. Matt se lo quitó, sin preocuparse por el dolor, y se metió bajo la cama de donde habían salido las voces.
– Agarradme.
Cuando notó que su brazo era agarrado por cuatro manos, respiró aliviado.
Pero no había tiempo que perder. Tenían que conseguir atravesar el pasillo y la cocina cuanto antes, pero cada vez habían más humo.
– T-tigger- dijo uno de los niños, soltándose.
– ¿Qué?
– Tigger.
Matt sintió en la mano algo redondo. ¿Un juguete?.
¿Maldita sea!. Se lo metió debajo de la camisa y agarró una manta.
– Esperad- les ordenó a los niños.
La manguera de Helmut mojó la manta, pero no lo suficiente. Así que Matt la levantó para que se empapara bien y luego se la puso a los niños sobre la cabeza.
– Vamos a salir de la habitación a gatas- explicó. Los niños se acurrucaron contra él, pero Matt les empujó hacia la puerta. -Vosotros primero. Si yo me paro, vosotros seguid. Es una orden. ¡ya!.
Y los llevó hacia el pasillo, después a la cocina, y llegaron al vestíbulo.
– Henry…William…
Erin estaba allí, esperando a los niños. Como Matt, también se había enrollado un jersey alrededor de la cabeza. Se había metió en la casa hasta donde había podido y estaba esperándolos en la cocina. Al verlos llegar gateando por el pasillo, los abrazó a ambos y los llevó fuera.
Matt los siguió. Salió al porche, dio tres pasos y se desmayó.
Los ojos azules más bonitos que había visto nunca lo estaban mirando fijamente.
– ¿Cree que se salvará?.
Matt tenía algo sobre la boca y la nariz. Algo de plástico que trató de quitarse.
– Déjatelo ahí, Matt.
Él reconoció aquella voz. Era Rob McDonald, el sargento de policía de la localidad.
– Has tragado mucho humo y te estamos dando oxígeno- le explicó el hombre. Sí, erin, si está tratando de quitarse la mascarilla, seguro que se salvará.
