
Esos merecía ser celebrado con una copa de vino, decidió Erin. Eso de que se acostaran todos tan temprano no ocurría a menudo.
Pero justo antes de abrir la puerta de la nevera, se detuvo, de repente insegura. Era demasiado bueno para ser verdad, pensó, y su intuición le avisó de que algo olía mal en todo aquello. Así que decidió acercarse de nuevo a la habitación de los gemelos a echar un vistazo. Andando de puntillas, llegó hasta la puerta y luego la abrió.
Al parecer, su intuición la había engañado. Los niños estaban apaciblemente dormidos.
¿Qué le habría hecho dudar de ellos?, se preguntó al mirar sus rostros dormidos. ¿Cómo podía alguien dudar de esos preciosos niños?.
Henry y William, de siete años, eran unos niños adorables. Tenía el cabello rizado, del color de una zanahoria roja, y la nariz llena de pecas. Y en esos momentos tenían una expresión angelical.
Aunque ella sabía que esa expresión no reflejaba la realidad. Había motivos sólidos para que los vigilara bien. Su madre no había sido capaz de controlarlos nunca. Así que cuando cumplieron cuatro años, habiéndose quedado sin marido y con otros siete hijos a los que cuidar, había decidido darlos al orfanato para que los criaran.
Tampoco eso había funcionado. Hasta ese momento, todas las parejas que habían intentado adoptarlos, los habían devuelto desesperados. Así que siempre que Erin tenía sitio en su casa, se los dejaban a ella. Erin sabia cómo tratarlos, aunque también a ella le resultara difícil.
Dio un suspiro. ¿Qué iba a hacer con ellos?. Eran unos niños terriblemente revoltosos, aunque al verlos dormidos, no pudo evitar emocionarse. Estaba empezando a encariñarse de ellos.
No deberían estar en un orfanato, ya que necesitaban desesperadamente una madre y un padre a los que querer.
¡Si no fuera porque siempre estaban haciendo trastadas!.
Pero no importaba. En esos momentos estaban dormidos y Erin quería disfrutar e aquel milagro. Volvió a la cocina, se quitó los zapatos y puso los pies en alto para descansarlos.
