
– De estas ocasiones hay pocas- se dijo, levantando la copa de vino. Me queda por delante una noche estupenda.
En la habitación de Henry y William todo marchaba según lo planeado.
Los gemelos habían atado un hilo desde la puerta de la cocina a la de su habitación. Luego habían atado a Tigger, su juguete favorito al hilo y lo habían puesto de manera que cayera al suelo cuando la puerta de la cocina se moviera.
El plan era perfecto. Cuando Erin saliera de la cocina, Tigger caería al suelo y cuando Tigger cayera al suelo, ellos tendían el tiempo justo para dejar lo que estaban haciendo, agarrar a Tigger, meterlo debajo de las sábanas y apagar la luz antes de que Erin Volviera.
Así que cuando había entrado Erin, toda tranquila, ellos habían simulado estar dormidos.
– Buenas noches, pillines- les había susurrado.
Ellos habían tenido que hacer un gran esfuerzo por no echarse a reír.
Luego, cuando la mujer se había ido, ellos habían agarrado otra vez el hilo y habían vuelo a atar a Tigger para dejarlo en la posición adecuada. Seguidamente habían recuperado lo que había debajo de la cama.
¡Estupendo!.
Pero la bomba no tenía que estallar cuando lo hizo.
El plan era que Henry la llevara fuera de la habitación dentro de su zapatilla. Le daba miedo llevarla en la mano y la zapatilla sería un medio seguro para transportarla. Sus bombas eran unas bolas hechas a mano, llenas de cerillas y petardos, diseñadas para explotar cuando chocaran contra el suelo. Así que sabían lo peligrosas que eran.
Después de llevarla fuera cuidadosamente, el plan era dejarla sobre la valla que separaba el hogar número tres de la casa de los vecinos.
Eran las ocho de la noche, la hora a la que acababan las noticias de la tele. Después de lo cual, los vecinos, Helmut y Valda Cole, dejaban que su perro saliera a dar un paseo.
