
Salí de Berlín la segunda semana de septiembre y crucé Polonia en un tren con destino al puerto de Constanza, en Rumania. Fue allí, a bordo del barco a vapor de nombre Romania, donde por fin conocí a los dos hombres del SD que iban conmigo a Palestina. Ambos eran suboficiales -sargentos del SD- y ambos se hacían pasar por periodistas del Berliner Tageblatt, un periódico que había pertenecido a los judíos hasta 1933, año en que los nazis lo confiscaron.
El sargento al mando era Herbert Hagen. El otro hombre se llamaba Adolf Eichmann. Hagen tenía poco más de veinte años y todo el aspecto de un intelectual sin experiencia, un universitario de clase alta recién graduado. Eichmann era unos años mayor y aspiraba a ser algo más que el vendedor de petróleo austriaco que había sido en los años que precedieron al Partido y a las SS. Ambos eran antisemitas bastante curiosos, pues estaban fascinados por el judaísmo. Eichmann llevaba más años que el otro en el Departamento de Asuntos Judíos, hablaba yiddish, y se pasó la mayor parte del viaje leyendo el libro de Theodor Herzl sobre el Estado judío, titulado El Estado judío. La idea del viaje había partido de Eichmann, que parecía sorprendido y entusiasmado porque sus superiores le hubieran aprobado, ya que nunca había estado en otro país que no fuera Austria o Alemania. Hagen era un defensor de la ideología nazi, un ferviente sionista que solía decir que «no había peor enemigo para el Partido que los judíos» -o alguna tontería por el estilo-, y que «la solución al asunto judío» pasaba por la «total desjudeización» de Alemania. Escuchar hablar a aquel tipo me ponía enfermo. Todo aquello me parecía una locura, como salido de una versión diabólica de Alicia en el País de las Maravillas.
Los dos hombres recelaban de mí, como ya había supuesto que sucedería, y no sólo porque no perteneciera al SD ni a su peculiar departamento, sino porque era mayor que ellos, casi veinte años mayor en el caso de Hagen.
