Así que, en broma, comenzaron a llamarme «Papi», lo cual llevé con buen humor, al menos con mejor humor que Hagen, a quien, para deleite de Eichmann, apodé Hiram Schwartz en honor al joven cronista del mismo nombre. En consecuencia, cuando el 2 de octubre llegamos a Jaffa, Eichmann sentía más simpatía hacia mí que su colega, más joven y con menos experiencia.

Eichmann no era un tipo imponente; en aquel momento pensé que era la clase de hombre que ganaba vestido de uniforme. Es más, pronto comencé a sospechar que la posibilidad de llevar uniforme era lo que lo había motivado a formar parte de las SA y después de las SS, pues tenía mis dudas de que hubiera estado preparado para unirse al ejército permanente, si en aquella época hubiera existido uno. Apenas llegaba a la estatura media, era patizambo y extremadamente delgado.

En los dientes superiores, largos y desgastados, lucía dos puentes de oro además de numerosos empastes.Tenía el cráneo muy parecido a las calaveras de las insignias de gorra de las SS, en extremo huesudo y con las sienes hundidas. Me llamó la atención que pareciera tan judío y se me ocurrió que tal vez eso tuviera algo que ver con la antipatía que profesaba por los judíos.

A partir del momento en que el Romania atracó en Jaffa, a los dos hombres del SD las cosas no les fueron demasiado bien. Los británicos debieron de sospechar que Hagen y Eichmann eran de la In teligencia alemana y, tras una larga discusión, les dieron permiso para pisar tierra sólo durante veinticuatro horas. Yo no me encontré con ningún problema y enseguida me concedieron un visado que me permitía quedarme en el país treinta días. Tuvo su gracia, ya que no pretendía permanecer allí más de cuatro, cinco a lo sumo, pero a Eichmann, cuyos planes se habían desbaratado, le afectó profundamente. En el carruaje que nos llevó a los tres desde el puerto al hotel Jerusalén, cerca de la famosa «colonia alemana» de la ciudad, no dejó de hablar de aquel cambio de planes.



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