Eichmann también se encogió de hombros.

– Supongo que hubiera visitado la colonia masónica alemana de Sarona, hubiera subido al monte Carmelo y echado un vistazo a las explotaciones agrícolas de los judíos en el valle de Jezreel.

– Entonces te aconsejo que hagas exactamente lo que tenías previsto -dije-. Llama a Reichert. Explícale la situación y regresa al barco mañana. Mañana mismo sale hacia Egipto, ¿no? Pues bien, una vez allí ve a la embajada británica de El Cairo y solicita otro visado.

– Tiene razón -dijo Hagen-. Eso es lo que deberíamos hacer.

– Podemos pedir otro -gritó Eichmann-. Claro, podemos obtener el visado en El Cairo y después regresar.

– Como los hijos de Israel -añadí.

El carruaje dejó atrás las estrechas y polvorientas callejuelas de la parte antigua y se abrió camino con velocidad por una carretera más ancha en dirección a la zona nueva de Tel Aviv. Frente a una torre de reloj y varias cafeterías árabes se encontraba el banco Anglo-Palestino, lugar en el que debía encontrarme con el encargado y entregarle la carta de presentación de Begelmann y del banco Wassermann, además del baúl que Begelmann me había pedido que sacara de Alemania. No tenía ni idea de qué contenía, pero por el peso deduje que no se trataba de su colección de sellos. No vi ningún motivo por el que debiera retrasar mi visita al banco. Y menos encontrándome en un lugar como Jaffa, poblado de árabes que nos dedicaban miradas de hostilidad. (Claro que lo más probable es que nos tomaran por judíos, y los palestinos no tenían a los judíos en muy alta estima.) Así pues, le pedí al conductor que parara y, con el baúl bajo el brazo y las cartas en el bolsillo, me apeé del carruaje y dejé que Eichmann y Hagen se ocuparan de llevar mi equipaje al hotel.

El encargado del banco era un inglés llamado Quinton. Tenía los brazos demasiado cortos para la chaqueta que llevaba y el pelo rubio tan ralo que apenas se le notaba. Tenía la nariz respingona y cubierta de pecas, y la sonrisa de un joven bulldog. Cuando lo vi no pude evitar imaginarme a su padre, siempre atento a la labor del profesor de alemán de su hijo. Y tengo la sensación de que debió de tener uno bueno, pues el joven Quinton hablaba un alemán excelente con entonación entusiasta, como si estuviera recitando «La destrucción de Magdeburgo» de Goethe.



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