Quinton me condujo a su oficina. De la pared colgaba un bate de cricket y varias fotografías de equipos de cricket. El ventilador del techo giraba con lentitud. Hacía calor. La ventana de la oficina ofrecía una hermosa vista del cementerio mahometano y más allá, del mar Mediterráneo. El reloj de la torre cercana marcó la hora y el muecín de la mezquita convocó a los fieles a la oración. Me encontraba muy lejos de Berlín.

Quinton abrió los sobres que le había entregado con un abrecartas en forma de pequeña cimitarra.

– ¿Es verdad que los judíos de Alemania no tienen permitido tocar a Beethoven ni a Mozart? -preguntó.

– Tienen prohibido tocar música de esos compositores en eventos culturales judíos -respondí-. Pero no me pida una explicación, mister Quinton. No podría dársela. En mi opinión, el país se ha vuelto loco.

– Pues no se imagina lo que es vivir aquí -añadió-. Aquí los judíos y los árabes se la tienen jurada, y nosotros estamos en medio. La situación es insostenible. Los judíos odian a los británicos por no facilitarles a más de ellos la llegada a Palestina. Y los árabes nos odian por permitir que los judíos entren en el país. Por ahora tenemos suerte de que el odio que se tienen entre sí es mayor que el que sienten por nosotros, pero un día este país nos explotará en las narices, tendremos que irnos, y todo quedará peor de lo que ya estaba. Recuerde mis palabras, herr Gunther.

A la vez que hablaba leía las cartas y clasificaba hojas de papel, algunas de ellas en blanco salvo por una firma estampada. Entonces me explicó qué estaba haciendo:



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