– Éstas son las cartas de acreditación -aclaró-. Y éstas son las firmas para las nuevas cuentas bancarias. Una de ellas será una cuenta conjunta para usted y el doctor Six, ¿no es así?

Fruncí el entrecejo, no demasiado contento por el hecho de tener algo en común con el jefe del Departamento de Asuntos Judíos del SD.

– No lo sé -respondí.

– Bien. Ésta es la cuenta de la que debe sacar el dinero para alquilar la propiedad aquí en Jaffa -explicó-, así como para sus gastos y honorarios. El importe restante se hará pagadero al doctor Six previa presentación de una libreta de ahorros que le daré a usted y usted le dará a él. Y del pasaporte. Por favor, asegúrese de que le queda claro. Para entregar dinero el banco requiere que el titular de la libreta se identifique con su pasaporte. ¿Entendido?

Asentí.

– ¿Podría ver su pasaporte, herr Gunther? -Se lo mostré-. La persona más indicada para ayudarle a encontrar una propiedad de uso comercial en Jaffa es Solomon Rabinowicz -dijo mientras examinaba mi pasaporte y anotaba el número-. Es un judío polaco y también el individuo con más recursos que he conocido en este exasperante país. Tiene su oficina en Montefiore Street, en Tel Aviv. Está a unos setecientos metros de aquí. Le anotaré la dirección. Doy por hecho que su cliente no quiere un local en el barrio árabe. Eso sería como meterse en la boca del lobo.

Me devolvió el pasaporte, miró el baúl del señor Begelmann e hizo un gesto afirmativo.

– Supongo que ahí van las pertenencias de su cliente, las que quiere que guardemos en nuestra caja fuerte hasta su llegada al país -dijo.

Volví a asentir.

– Una de estas cartas detalla el contenido del baúl. ¿Le gustaría comprobar que está todo en orden antes de entregarlo?

– No -respondí.

Quinton rodeó la mesa y levantó el baúl.

– ¡Hay que ver cómo pesa! -exclamó-. Si me hace el favor de esperar aquí un momento, prepararé su libreta. ¿Le apetece un té? ¿Una limonada, tal vez?



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