
– Té -respondí-. Un té estará bien.
Concluido el asunto del banco, anduve hasta el hotel y observé que Hagen y Eichmann ya habían salido. Tomé una ducha fría, fui a Tel Aviv, me encontré con el señor Rabinowicz y le di instrucciones para que consiguiera una propiedad que se ajustara a las necesidades de Paul Begelmann.
No vi a los hombres del SD hasta la mañana siguiente, a la hora del desayuno, cuando, hechos unos guiñapos, bajaron en busca de café. Habían pasado la noche en un club nocturno de la ciudad.
– Demasiado arak -susurró Eichmann-. Es la bebida local. Una especie de licor de uva algo anisado. Será mejor que lo evites.
Sonreí y encendí un cigarrillo, pero tuve que apartar el humo con la mano porque me di cuenta de que parecía marearlos.
– ¿Conseguisteis localizar a Reichert? -pregunté.
– Sí, de hecho estuvo con nosotros ayer por la noche. Pero no vimos a Polkes, por lo que es probable que venga a buscarnos aquí. ¿Te importaría quedar con él, cinco o diez minutos, y explicarle la situación?
– ¿Y cuál es la situación?
– Me temo que nuestros planes cambian a cada minuto que pasa. Es probable que al final no regresemos. Además, Reichert cree que no nos será más fácil obtener el visado en El Cairo que aquí.
– Vaya, lamento escucharlo -dije, sin lamentarlo un ápice.
– Dile que nos hemos ido a El Cairo -instruyó Eichmann-, y que nos hospedaremos en el National Hotel. Dile que se reúna con nosotros allí.
– No lo sé -dije-. La verdad es que no quiero involucrarme en nada de esto.
– Eres alemán. Estás involucrado, te guste o no.
– Sí, pero el nazi eres tú, no yo.
Eichmann pareció sorprenderse.
– ¿Cómo es posible que trabajes para el SD y no seas nazi? -inquirió.
– El mundo es un lugar muy extraño -respondí-. Pero no se lo digas a nadie.
– Por favor, habla con él. Aunque sólo sea por cortesía. Podría dejarle una carta, pero será mucho mejor que se lo expliques en persona.
