
– ¿Quién es ese Fievel Polkes, de todos modos? -pregunté.
– Un judío palestino que trabaja para la Ha ganah.
– ¿Y quiénes son ésos?
Eichmann me dedicó una sonrisa de condescendencia. Estaba pálido y empapado de sudor. Estuve a punto de sentir lástima por él.
– No puede decirse que sepas muchas cosas acerca de este país ¿verdad?
– Lo suficiente para conseguir un visado de treinta días -respondí certeramente.
– La Ha ganah es un grupo paramilitar judío que tiene un servicio de Inteligencia.
– O sea, una organización terrorista.
– Si lo prefieres -convino Eichmann.
– De acuerdo. Lo veré, aunque sólo sea por cortesía. Ahora bien, quiero saberlo todo. No estoy dispuesto a quedar con uno de esos cabrones asesinos sin conocer toda la historia.
Eichmann dudó. Yo sabía que no confiaba en mí. Pero una de dos: o la resaca le impedía razonar o seacababa de dar cuenta de que no tenía otra opción que ser sincero conmigo.
– La Ha ganah quiere que le proporcionemos armas para combatir a los británicos aquí en Palestina – explicó-. Si el SD sigue fomentando la emigración judía desde Alemania, ellos nos pasarán información sobre las tropas británicas y sus movimientos navales en el Mediterráneo oriental.
– ¿Judíos dispuestos a ayudar a quienes les persiguen? -Solté una carcajada-. Eso es una ridiculez. – Eichmann no se rió-. ¿No os parece?
– Al contrario -dijo Eichmann-. El SD ha financiado ya varios campamentos sionistas de formación en Alemania. Lugares en los que los jóvenes aprenden las técnicas agrícolas que les harán falta para cultivar su tierra. Tierra palestina. Una Haganah subvencionada por el nacionalsocialismo no es más que una posible rama de esa misma política. Y por esa razón vine aquí. Para tomarles la medida a los dirigentes de la Ha ganah, del Irgún y de otros grupos militares judíos. Mira, ya sé que cuesta creer, pero sienten mayor aversión por los británicos que por nosotros.
