
– Está bien -dijo Polkes, que hablaba bien el alemán-. Pero aquí no. Vayamos a otro lugar. Tengo el coche en la puerta.
Estuve a punto de negarme. Una cosa era tomar un trago en el bar del hotel. Otra muy distinta subirme a un coche con dos hombres cuyas chaquetas abotonadas hasta arriba me contaban que iban armados y que eran, con toda probabilidad, individuos peligrosos. Dándose cuenta de mi indecisión, Polkes añadió:
– No tiene por qué preocuparse, amigo. Nosotros luchamos contra los británicos, no contra los alemanes.
Salimos a la calle y nos metimos en el Riley. Golomb se sentó al volante y se alejó del hotel con lentitud, como si no quisiera llamar la atención. Nos dirigimos al norte y después al este, cruzamos una colonia alemana de casas blancas y elegantes llamada «Pequeña Valhalla», y después giramos a la izquierda, cruzamos la línea de ferrocarril y enfilamos Hashachar Herlz. Otro giro a la izquierda por Lilien Blum y nos detuvimos en un bar que había junto al cine. Nos encontrábamos, según me informó Polkes, en el centro del barrio residencial de TelAviv. En el ambiente flotaba un intenso olor a mar y a azahar. Era una zona más limpia y cuidada que Jaffa. Más europea, vaya. Y así lo comenté con aquellos hombres.
