– Aquí debe sentirse como en casa -dijo Polkes-. En esta zona sólo viven judíos. Si fuera por los árabes, el país tendría el aspecto de un urinario.

Entramos en una cafetería con la fachada acristalada en la que había escritas palabras en hebreo. Se llamaba Kapulski. En la radio sonaba lo que a mí me pareció música judía. Una mujer menuda barría el suelo, cubierto con baldosas que formaban un dibujo de cuadros. De la pared colgaba la fotografía de un anciano con pelo revuelto y la camisa desabotonada que se parecía mucho a Einstein, pero sin el bigote chorreando sopa. No tenía la menor idea de quién podía ser. Junto a aquella fotografía había otra, la de un hombre que se parecía a Marx. Supe que se trataba de Theodor Herlz porque Eichmann tenía una foto suya en lo que él llamaba su «archivo de judíos». El barman nos acompañó con la mirada mientras cruzamos una cortina de cuentas y nos adentramos en una recóndita sala de atmósfera asfixiante llena de cajones de cerveza y de sillas apiladas encima de las mesas. Polkes colocó tres sillas en el suelo. Entretanto Golomb sacó tres cervezas de un cajón, les arrancó la chapa con el pulgar y las dejó encima de la mesa.

– Un truco excelente -observé.

– Debería verlo abrir latas de melocotones -dijo Polkes.

Hacía calor. Me quité el abrigo y me subí las mangas. Los dos judíos seguían con sus finas chaquetas abotonadas hasta arriba. Reparé en lo abultado de sus pectorales y asentí.

– Está bien -dije, dirigiéndome a Polkes-. He visto pistolas en otras ocasiones. Le aseguro que si veo las suyas no tendré pesadillas esta noche.

Polkes tradujo mi comentario al hebreo y Golomb dibujó una sonrisa. Tenía los dientes grandes y amarillos, como si estuviera acostumbrado a cenar hierba todos los días. Entonces se quitó la chaqueta. Polkes hizo lo mismo. Cada uno de ellos llevaba un Webley inglés del tamaño de la pata trasera de un perro. Encendimos nuestros cigarrillos, tomamos un trago de cerveza templada y nos miramos los unos a los otros. Centré mi atención en Golomb, pues era él quien parecía estar al mando de la situación. Pasados unos minutos, Polkes dijo:



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