
Les conté que era detective privado y les hablé de Paul Begelmann.
– Y para que vean que mis acciones tienen poco de noble, dejen que les diga que cobro una cantidad nada despreciable por mis servicios.
– No tengo la impresión de que sea un hombre que se mueve por dinero -dijo Golomb, a través de Polkes.
– No puedo permitirme tener principios -respondí-. Al menos no en Alemania. La gente con principios termina en el campo de concentración de Dachau. Estuve allí y no me gustó.
– ¿Ha estado en Dachau? -preguntó Polkes.
– El año pasado. Una visita relámpago, podríamos decir.
– ¿Había muchos judíos?
– Aproximadamente una tercera parte de los presos eran judíos. El resto eran comunistas, homosexuales,testigos de Jehová, unos cuantos alemanes con principios.
– ¿Y a qué grupo pertenecía usted?
– Yo era un hombre que hacía su trabajo. Ya le he dicho que soy detective privado. Y en ocasiones me meto en líos. Hoy en día, en Alemania, es algo común. A veces se me olvida, pero es así.
– Tal vez podría trabajar para nosotros -dijo Golomb-. Nos resultaría útil conocer la mente de esos dos hombres con los que teníamos que reunimos. Y más útil aún sería saber a qué acuerdo han llegado con Haj Amin.
Me reí. Era como si en aquellos días todo el mundo quisiera que me dedicara a espiar a otra gente. La Ges tapo quería que espiara al SD. Y ahora la Ha ganah también me pedía que los espiara. A veces se me pasaba por la cabeza que me había equivocado de profesión.
– Podríamos pagarle -dijo Golomb-. El dinero no nos falta. Fievel Polkes es nuestro hombre en Berlín. Cada cierto tiempo podrían reunirse e intercambiar información.
– No creo que les fuera de mucha utilidad -respondí-. No en Alemania. Como ya les he dicho, soy un simple detective privado que trata de ganarse la vida.
– Entonces colabore con nosotros aquí en Palestina -repuso Golomb.
