Tenía una voz grave y ronca que concordaba a la perfección con la cantidad de vello que tenía por todo el cuerpo. Parecía un oso amaestrado-. Lo llevaremos hasta Jerusalén, donde usted y Fievel podrán tomar un tren con destino a Suez, y de allí ir a Alejandría. Le pagaremos cuanto nos pida. Ayúdenos, herr Gunther. Ayúdenos a hacer algo por este país. Todo el mundo odia a los judíos, y no sin razón. No conocemos el orden ni la disciplina. Llevamos demasiado tiempo ocupándonos de nosotros mismos. Nuestra única esperanza de salvación es la inmigración masiva a Palestina. En Europa no hay futuro para los judíos, herr Gunther.

Polkes terminó de traducir y se encogió de hombros.

– Eliahu es un sionista radical -añadió-. Pero su opinión es la más generalizada entre los miembros de la Ha ganah. Yo no comparto eso que dice de que los judíos merezcan ser odiados. Pero tiene razón cuando dice que necesitamos su ayuda. ¿Cuánto quiere? ¿En libras esterlinas o en marcos? ¿En libras de oro, tal vez?

Negué con la cabeza.

– No les ayudaré por dinero -dije-. Todo el mundo me ofrece dinero.

– Pero nos ayudará ¿no?

– Sí, les ayudaré.

– ¿Por qué?

– Porque he estado en Dachau, caballeros. No se me ocurre una razón mejor para ayudarles que ésa. Si lo conocieran, lo entenderían. Y por eso mismo voy a ayudarles.

El Cairo era la virola de diamante en el asidero del abanico formado por el delta del Nilo. Al menos eso era lo que decía mi guía Baedeker. A mí me parecía algo mucho menos precioso, algo así como la tetilla colgante de una vaca que alimentaba a todas las tribus de África, y desde luego la ciudad más grande de todo el continente. Sin embargo, la palabra «ciudad» se quedaba corta para definir a El Cairo. Aquello era mucho más que una mera metrópolis. Era algo así como una isla, un centro histórico, religioso y cultural, una ciudad que sirvió de modelo a las demás ciudades que vinieron después de ella y también todo lo contrario. El Cairo me fascinaba tanto como me alarmaba.



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