
Me registré en el National Hotel, situado en el barrio de Ismailia, a menos de setecientos metros al este del Nilo y del Museo Egipcio. Fievel Polkes se hospedó en el Savoy, en el extremo sur de la misma calle. El National no era mucho más pequeño que un pueblo de extensión media, con habitaciones del tamaño de la pista de una bolera. Algunas de las habitaciones eran guaridas llenas de narguiles que desprendían un olor acre en las que se reunían no menos de una docena de árabes, que se sentaban en el suelo con las piernas cruzadas y fumaban de pipas que tenían el tamaño y la forma de alambiques de laboratorio. La entrada del hotel estaba presidida por un tablón de anuncios de la Re uters, y al entrar en la sala de huéspedes a nadie le hubiera sorprendido encontrarse con lord Kitchener sentado en un sofá, leyendo el periódico mientras se retorcía el bigote cubierto de brillantina.
Dejé un mensaje para Eichmann y, más tarde, me reuní con él y con Hagen en el bar del hotel. Llegaron acompañados por un alemán, el doctor Franz Reichert, que trabajaba para la Agen cia de Prensa Alemana en Jerusalén, pero que no tardó en excusarse e irse, alegando tener el estómago revuelto.
– Tal vez sea algo que haya comido -dijo Hagen.
Me di una palmada en el cuello para acabar con la mosca que se había posado sobre mí.
– También puede ser que algo se lo haya comido a él -respondí.
– Ayer noche cenamos en un restaurante bávaro cercano a la Es tación Central -explicó Eichmann-. Yodiría que no tenía mucho de bávaro. La cerveza estaba bien, pero me parece que el schnitzel estaba hecho con caballo. O con camello.
Hagen emitió un gruñido y se llevó la mano al estómago. Les dije que estaba con Fievel Polkes y que se hospedaba en el Savoy.
– Allí deberíamos habernos quedado nosotros -objetó Hagen. Entonces añadió-: Tengo claros los motivos por los que Polkes ha venido a El Cairo. ¿Pero qué haces tú aquí, Papi?
