
– ¿Qué vas a decirle, entonces? -preguntó Eichmann.
– No mucho. Que no os concedieron el visado. Que sólo pude averiguar que los habéis estado timando con los gastos. Algo tendré que decirles, ¿no?
Eichmann asintió.
– Sí, eso está bien. Aunque no es lo que quiere oír, claro. Él quiere algo más, algo que le permita absorber las funciones de nuestro departamento. -Me dio una palmada en el hombro-. Gracias, Gunther. Eres un buen hombre, ¿lo sabías? Sí. Puedes decirle que me compré un traje nuevo de verano a cuenta del departamento. Eso lo sacará de sus casillas.
– Es que lo compraste con el dinero del departamento -dijo Hagen-. Por no mencionar todo lo demás. Los salacots, las redes para los mosquitos, las botas de montaña. Ha juntado más equipo que el ejército italiano. Sólo nos falta lo más importante: pistolas. Estamos a punto de reunimos con algunos de los terroristas más peligrosos de Oriente Medio y no tenemos con qué protegernos.
Eichmann torció el gesto, lo cual no le resultaba difícil. Su expresión normal ya era una especie de mueca y su boca dibujaba habitualmente un rictus de ironía. Cada vez que me miraba tenía la impresión de que iba a decirme que no le gustaba mi corbata.
– Mira, lo siento -se disculpó con Hagen-. Ya te lo dije. No fue culpa mía. Además, ahora no hay nada que podamos hacer al respecto.
– Hemos ido a la embajada alemana y les hemos pedido armas -me informó Hagen-. Pero no nos las dan sin la autorización de Berlín. Y estoy seguro de que si las pidiéramos nos tomarían por un par de aficionados.
– ¿Y no podéis ir a una armería y comprar una? -pregunté.
– Los británicos están tan alarmados por la situación que se vive en Palestina que han dejado de vender armas en Egipto -aclaró Hagen.
Llevaba rato intentando encontrar la forma de entrometerme en la reunión que iban a mantener con Haj Amin. Y en aquel momento vi la oportunidad.
