
– Yo puedo conseguir una pistola -anuncié.
Conocía al hombre dispuesto a prestarme una.
– ¿Cómo? -preguntó Eichmann.
– Era policía en Alex -dije con aplomo-. Siempre hay un modo de conseguir armas. Sobre todo en una ciudad tan grande como ésta. Sólo tienes que saber dónde buscar. Los bajos fondos son iguales en todo elmundo.
Visité a Fievel Polkes en su habitación del Savoy.
– He encontrado la manera de inmiscuirme en el encuentro que mantendrán con Haj Amin -le comuniqué -. Le tienen miedo al Al-Istiqlal y a la Her mandad Musulmana de Jóvenes. Le tienen miedo a la Ha ganah. Y da la casualidad de que se han dejado las armas en Alemania.
– No me extraña que tengan miedo -dijo Polkes-. Si usted no hubiera accedido a vigilar a esos dos tal vez hubiéramos intentado asesinarlos y le hubiéramos cargado la culpa a los árabes. No sería la primera vez que hacemos algo así. Es más que probable que el Gran Muftí esté pensando en cargarnos a nosotros la culpa de algo. Debe andarse con mucho cuidado, Bernie.
– He ofrecido comprarles una pistola en los bajos fondos de El Cairo. Y les he ofrecido también mis servicios como guardaespaldas.
– ¿Sabe dónde comprar una pistola?
– No. Tenía la esperanza de que me prestara ese Webley que usted tiene.
– Sin problemas -dijo Polkes-. Siempre puedo conseguir otro revólver. -Se quitó la chaqueta, desabrochó la funda y me entrego la pipa. El Webley pesaba como una enciclopedia y era casi tan difícil de manejar-. Tambor giratorio, semiautomático, calibre 45 -me explicó-. Si tiene que disparar, recuerde dos cosas. Una, tiene el retroceso de una mula. Y dos, tiene su historia. Ya sabe a qué me refiero. Así que, si puede, asegúrese de lanzarlo después al Nilo. Y otra cosa. Tenga cuidado.
– Eso ya me lo había dicho.
– Se lo digo muy en serio. Esos son los mismos cabrones que asesinaron a Lewis Andrews, el comisionado británico en Galilea.
