
Begelmann era mayor y más alto; de pelo oscuro y rizado, tenía los labios gruesos y rosados como filetes. Aunque sonreía, sus ojos contaban una historia muy distinta. Tenía las pupilas estrechas, como las de un gato, como si anhelara dejar de estar en el punto de mira del SD. En aquel edificio, rodeado de todos aquellos uniformes negros, tenía el aspecto de un niño de coro deseoso de hacerse amigo de una manada de hienas. No dijo mucho, fue Six quien habló por él. Yo había oído que Six era de Mannheim, ciudad en la que había una iglesia jesuita muy conocida. Con aquel elegante uniforme negro, ésa fue la impresión que me dio. No me pareció el típico matón del SD, sino más bien un jesuita.
– Herr Begelmann ha expresado su deseo de emigrar de Alemania a Palestina -dijo con soltura-. Evidentemente, le preocupan sus negocios en Alemania y el impacto que su venta tendría en la economía local. Así pues, a fin de ayudar a herr Begelmann, este departamento propone una solución a su problema. Una solución en la que usted nos podría ayudar, herr Gunther. Lo que proponemos es que no emigre pro forma sino que conste como ciudadano alemán que ha abandonado el país para ir a trabajar. Es decir, que pueda trabajar enPalestina como representante de ventas de su propia empresa. De este modo podrá ganar un sueldo, participar de los beneficios de la empresa y, al mismo tiempo, contribuir a la política de este departamento de fomentar la emigración de los judíos.
No me cupo la menor duda de que el pobre Begelmann había accedido a compartir los beneficios de su empresa no con el Reich sino con Franz Six. Encendí un cigarrillo, miré al tipo del SD y le dediqué una sonrisa irónica.
