Incluso Eichmann pareció algo aturdido por las palabras del Gran Muftí. Hagen, dedicado a tomar notas, se quedó boquiabierto ante la fría sencillez de la propuesta del Muftí. También Reichert parecía desconcertado. Sin embargo, lograron recomponerse lo suficiente para garantizar al Muftí que le harían llegar sus palabras exactas a sus superiores en Berlín. Intercambiaron cartas oficiales y Eichmann concluyó la reunión asegurándole a Haj Amin que, ahora que ya se conocían, no cabía duda de que volverían a encontrarse. Aunque no se llegó a ningún acuerdo de peso, tuve la sensación de que las palabras del Muftí habían dejado una poderosa impresión en los dos hombres del SD.

Terminada la reunión, cuando el Gran Muftí y su séquito se hubieron marchado de la suite de Eichmann en el National (y después de que el traductor al árabe bromeara acerca de lo muy convencidos que estaban los británicos de tener a Haj Amin acorralado en algún lugar sagrado de Jerusalén que, por supuesto, no osaban violar entrando a por él), los cuatro nos miramos, encendimos un cigarrillo y nos dirigimos gestos de incredulidad.

– Jamás había oído semejante locura -dije, mientras caminaba hasta la ventana y veía a Haj Amin y a sus hombres en la calle, entrando en un furgón de aspecto corriente con los paneles laterales reforzados-. Una absoluta locura. El tipo está como una chota.

– Sí -convino Hagen-. Y aun así, su locura tiene un punto de fría lógica, ¿no crees?

– ¿Lógica? -repetí, con cierta incredulidad-. ¿A qué llamas tú «lógica»?

– Estoy de acuerdo con Gunther -intervino Reichert-. A mí también me ha parecido una absoluta locura. Como salido de la Pri mera Cruzada. Es decir, no me malinterpretéis, no me gustan los judíos, pero, en serio, no te puedes cargar a toda una raza.

– Stalin se cargó a toda una clase en Rusia -repuso Hagen-. A dos o tres, si te paras a pensar. Podría haberle dado por los judíos con la misma facilidad que le dio por los campesinos, los kulaks y la burguesía, yhaberlos liquidado.



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