
– Pero supongo que no has cambiado de opinión sobre el sionismo de facto -dijo Eichmann-. Es decir, está claro que vamos a tener que mandar a esos cabrones a alguna parte. Mandarlos a Madagascar no tiene ningún sentido, jamás irían allí. No, las opciones son ésta o la otra… La que ha propuesto Haj Amin. Y no creo que nadie en el SD esté de acuerdo con esa solución. Es demasiado rocambolesca, parece algo ideado por Fritz Lang.
Reichert alcanzó la carta del Muftí. En el sobre había escritas dos palabras: Adolf Hitler.
– ¿Creéis que la carta menciona algo de lo que nos ha dicho? -preguntó.
– No me cabe ninguna duda -respondí-. La pregunta es: ¿qué vais a hacer con ella?
– No tenemos más opciones que hacérsela llegar a nuestros superiores. -Hagen parecía escandalizado por la posibilidad de no entregar la carta del Muftí, más escandalizado por mi insinuación que por las palabras del Gran Muftí-. Hay que hacerlo. Se trata de correspondencia diplomática.
– A mí no me ha sonado muy diplomático que digamos -añadí.
– Tal vez no, pero aun así la carta debe llegar a Berlín. Forma parte de lo que vinimos a hacer aquí, Gunther. Necesitamos algo que mostrar de nuestra misión, sobre todo ahora que sabemos que la Ges tapo nos vigila. Hacer chanchullos con los gastos es una cosa, pero venir hasta aquí para hacer el ganso es otra muy distinta. El general Heydrich nos tomaría por un par de inútiles. Están en juego nuestras carreras en el SD.
