
– No había pensado en eso -dijo Eichmann, que tenía una noción de carrera similar a la de Hagen.
– Heydrich será un cabrón -dije-, pero es un cabrón muy listo. Demasiado listo para leer esa carta y no darse cuenta de que el Muftí está zumbado.
– Quizá -repuso Eichmann-. Quizá sí. Por suerte la carta no va dirigida a Heydrich. Por suerte la carta va dirigida al Führer. Él sabrá cómo responder a lo que…
– De un loco a otro loco. ¿Es eso lo que insinúas, Eichmann?
Eichmann por poco se atraganta.
– Ni por asomo -barbotó-. No me atrevería jamás a… -Se puso colorado como la grana y miró a Hagen y a Reichert con preocupación-. Tenéis que creerme. No quería decir eso de ninguna de las maneras. Siento una profunda admiración por el Führer.
– Por supuesto, Eichmann -dije.
Entonces Eichmann clavó en mí su mirada.
– ¿No le contarás a Flesch nada de todo esto, verdad Gunther? Por favor, dime que no se lo contarás a la Ges tapo.
– Ni se me pasaría por la cabeza. Escucha, olvídalo. ¿Qué vais a hacer con Fievel Polkes? ¿Y con la Ha ganah?
Eliahu Golomb se reunió con Polkes en El Cairo para encontrarse con Eichmann y Hagen. Logró pasar justo antes de que los británicos cerraran la frontera después de que árabes y judíos pusieran varias bombas en Palestina. Antes de la reunión, fui a ver a Golomb y a Polkes a su hotel y les conté todo lo que se había dicho en el encuentro con Haj Amin. Golomb pasó un buen rato invocando castigos divinos para el Muftí y después me pidió consejo sobre cómo abordar a Eichmann y a Hagen.
