
– Creo que deberían hacerles creer que, en una guerra civil con los árabes, la Ha ganah saldría vencedora – dije-. Los alemanes admiran la fortaleza. Les gustan los ganadores. Son los británicos los que sienten debilidad por los desvalidos.
– Venceremos -dijo Golomb.
– Ellos no lo saben -repuse-. Creo que sería un error pedirles ayuda militar, pues lo interpretarían como un signo de debilidad. Deben convencerlos de que, ante cualquier eventualidad, están mucho mejor provistos de armas de lo que en realidad están. Díganles que tienen artillería. Díganles que tienen tanques. Díganles que tienen aviones. No sabrán si es cierto.
– ¿En qué nos ayudaría eso?
– Si creen que ustedes van a vencer, pensarán que dar apoyo al sionismo es la política más adecuada. Si los ven perdedores, entonces no hay forma de saber adonde mandarán a los judíos de Alemania. Les he oídomencionar Madagascar.
– ¿Madagascar? -preguntó Golomb-. Eso es ridículo.
– Mire, lo único que importa es que los convenzan de que puede existir un Estado judío sin que eso suponga ninguna amenaza para Alemania. ¿No querrán que regresen a Alemania convencidos de que el Gran Muftí tiene razón, verdad? ¿Que vuelvan creyendo que todos los judíos de Palestina deben ser aniquilados?
Cuando por fin tuvo lugar, la reunión fue bastante bien. A mis oídos, Golomb y Polkes sonaban como un par de fanáticos, pero como ya habían señalado con anterioridad, no parecían fanáticos religiosos que hubieran perdido la razón. Después de haber escuchado al Gran Muftí, cualquiera parecía sensato.
Unos días más tarde partimos de Alejandría en un barco de vapor italiano de nombre Palestrina rumbo a Brindisi, con parada en Rodas y el Pireo. Una vez en Brindisi, tomamos un tren y llegamos a Berlín el 26 de octubre.
Llevaba nueve meses sin ver a Eichmann cuando, mientras me encontraba en Viena trabajando en un caso, topé con él en Prinz-Eugen-Strasse, en el distrito 11, al sur de lo que más tarde se convertiría en Stalin Platz.
