
Nos detuvimos a charlar un par de minutos y después se metió en el asiento trasero de un vehículo oficial. Recuerdo que pensé: «Ahí va el tipo con más pinta de judío que haya vestido jamás un uniforme de las SS».
Hay otra cosa que siempre recordaré de él. Algo que me dijo en el barco que tomamos en Alejandría, aprovechando un momento en que no estaba mareado. Algo de lo que Eichmann se enorgullecía. De pequeño, cuando vivía en Linz, había ido a la misma escuela que Adolf Hitler. Tal vez eso explicara en lo que llegaría a convertirse. No lo sé.
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M únich, 1949
Estábamos a un tiro de piedra de lo que alguna vez había sido un campo de concentración, aunque cuando dábamos indicaciones para llegar tratábamos de no mencionarlo a menos que fuera absolutamente necesario. El hotel, situado al este de la ciudad medieval de Dachau, se encontraba al final de una carretera secundaria pavimentada, flanqueada por álamos, y separada del antiguo KZ (en la actualidad un asentamiento para refugiados alemanes y checos huidos del comunismo) por el canal del río Würm. Era un lugar con entramado de madera, una típica casa de las afueras, de tres pisos, con tejado a dos aguas cubierto por tejas de color naranja y un jardín rebosante de geranios rojos.
