Él salía del Rothschild Palais, el cual (tras la invasión de Austria en marzo de 1938 por la Weh rmacht) había sido arrebatado a la familia judía a la que debía su nombre y se había convertido en los cuarteles del SD en Austria. Eichmann había dejado de ser un suboficial de bajo rango para convertirse en alférez, en un Untersturmführer. Caminaba con brío. Los judíos comenzaban a huir del país. Por primera vez en su vida, Eichmann había conseguido un puesto de poder. Fuera lo que fuese lo que les hubiera dicho a sus superiores a su vuelta de Egipto, no cabía duda de que había resultado.

Nos detuvimos a charlar un par de minutos y después se metió en el asiento trasero de un vehículo oficial. Recuerdo que pensé: «Ahí va el tipo con más pinta de judío que haya vestido jamás un uniforme de las SS».

Hay otra cosa que siempre recordaré de él. Algo que me dijo en el barco que tomamos en Alejandría, aprovechando un momento en que no estaba mareado. Algo de lo que Eichmann se enorgullecía. De pequeño, cuando vivía en Linz, había ido a la misma escuela que Adolf Hitler. Tal vez eso explicara en lo que llegaría a convertirse. No lo sé.

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M únich, 1949


Estábamos a un tiro de piedra de lo que alguna vez había sido un campo de concentración, aunque cuando dábamos indicaciones para llegar tratábamos de no mencionarlo a menos que fuera absolutamente necesario. El hotel, situado al este de la ciudad medieval de Dachau, se encontraba al final de una carretera secundaria pavimentada, flanqueada por álamos, y separada del antiguo KZ (en la actualidad un asentamiento para refugiados alemanes y checos huidos del comunismo) por el canal del río Würm. Era un lugar con entramado de madera, una típica casa de las afueras, de tres pisos, con tejado a dos aguas cubierto por tejas de color naranja y un jardín rebosante de geranios rojos.



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