
La clase de lugar que había conocido tiempos mejores. Después de que los nazis y más tarde los prisioneros de guerra alemanes abandonaran Dachau, dejó de llegar gente al hotel, salvo por la visita ocasional de algún ingeniero de construcción que venía a supervisar la degradación de un KZ en el que, en el verano de 1936, tuve ocasión de pasar algunas de las semanas más desagradables de mi vida. Los representantes elegidos por los bávaros no consideraban necesario conservar lo que quedaba del campo a fin de que pudiera ser visitado. Sin embargo, la mayoría de los habitantes de la zona, yo entre ellos, éramos de la opinión de que el campo constituía la única oportunidad para que entrara algo de dinero en Dachau. Algo poco probable, teniendo en cuenta que el templo conmemorativo seguía sin construirse y de que la fosa común, en la que habían enterradas más de cinco mil personas, no estaba señalizada. Los visitantes no llegaban y, pese a mis esfuerzos con los geranios, el hotel comenzó a morir. Así las cosas, el día que un Buick Roadmaster de dos puertas se detuvo frente a nuestra pequeña entrada me dije que lo más probable fuera que aquellos hombres se hubieran perdido y quisieran preguntarme cómo se llegaba a los barracones del Tercer Ejército de Estados Unidos, aunque resultaba difícil pasar de largo sin verlos.
El conductor se apeó del Buick, se desperezó como un niño y alzó los ojos al cielo, como si le sorprendiera que los pájaros pudieran cantar en un lugar como Dachau. A menudo yo pensaba lo mismo. Su acompañante permaneció en el coche, mirando al frente, tal vez deseando estar en cualquier otro lugar. Sentí lástima por él y pensé que, de ser yo quien se encontrara en aquel automóvil de color verde brillante, sin lugar a dudas tomaría el volante y huiría de allí. Ninguno de los dos llevaba uniforme, pero el conductor iba mejor vestido que su acompañante. Mejor vestido, mejor alimentado y en un estado de salud mucho mejor, o al menos eso me pareció. Subió con decisión los escalones de piedra de la entrada y cruzó la puerta como si fuera el dueño del lugar, así que pronto me vi saludando con la cabeza a aquel hombre bronceado, con gafas y sin sombrero, con gesto de maestro de ajedrez que hubiera considerado todos los movimientos posibles. No parecía que se hubiera perdido.