– ¿Es usted el propietario? -preguntó nada más entrar por la puerta, sin esforzarse demasiado por demostrar un buen acento alemán y sin apenas dirigirme la mirada.

Echó un rápido vistazo a la decoración del hotel, que pretendía hacer que los visitantes se sintieran como en casa, aunque para ello era necesario que estuvieran acostumbrados a compartir habitación con vacas. Había cencerros, ruecas, rastros, rastrillos, piedras de afilar y un enorme tonel de madera sobre el que descansaba un ejemplar de Süddeutsche Zeitung de hacía dos días, y uno de Münchener Stadtanzeiger mucho más antiguo. Las paredes estaban adornadas con acuarelas que representaban escenas rurales de la época en que pintores mejores que Hitler habían llegado a Dachau atraídos por el peculiar encanto del río Amper y del Dachauer Moos (una extensa zona pantanosa casi seca que había sido convertida en tierra de labranza). El conjunto resultaba tanhortera como un reloj de cuco con ribetes dorados.

– Podría decirse que soy el propietario, sí. Al menos mientras mi mujer siga indispuesta. Está en el hospital, en Munich.

– Espero que no sea nada grave -respondió el americano, aún sin mirarme.

Parecía bastante más interesado en las acuarelas que en la salud de mi esposa.

– Supongo que busca los barracones del ejército de Estados Unidos en el antiguo KZ -dije-. Ha torcido por la carretera cuando debería haber cruzado el puente, por encima del canal. Está a menos de cien metros de aquí. Al otro lado de esos árboles.

Entonces me miró y me di cuenta de que sus ojos tenían un brillo travieso, como el de la mirada de un gato.



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