– Son álamos, ¿no? -Se agachó y miró por la ventana en dirección al campo-. Seguro que está orgulloso de ellos. Es decir, nadie diría que allí detrás está el campo. Muy útiles.

Sin prestar atención al tono de acusación velada que había utilizado, me acerqué a la ventana.

– Y yo que creía que se había perdido.

– No, no -respondió el americano-. No me he perdido. Éste es el lugar que andaba buscando. Siempre y cuando esto sea el hotel Schröderbrau.

– Es el hotel Schröderbrau.

– Entonces estoy en el lugar correcto.

– El americano mediría un metro setenta y cinco y tenía las manos y los pies más bien pequeños. Llevaba la camisa, corbata, pantalones y zapatos conjuntados en distintos tonos de marrón, pero la chaqueta era de un color más claro, de tweed, y de corte elegante. Su Rolex de oro me decía que en el garaje de su casa en Estados Unidos debía de tener un coche mejor que aquel Buick.

Necesito dos habitaciones, durante dos noches. Para mí y para mi amigo, que está en el coche.

– Siento comunicarle que éste no es un hotel para americanos -respondí-. Podría perder mi licencia.

– No lo sabrá nadie si usted no se lo dice.

– Por favor, no crea que pretendo ser desagradable -comenté, poniendo a prueba el inglés que había estadoestudiando por mi cuenta-, pero a decir verdad estamos a punto de cerrarlo. Este hotel perteneció a mi suegro hasta que murió. A mi mujer y a mí no nos ha ido muy bien el negocio, por razones evidentes. Y ahora que está enferma… -Me encogí de hombros-. No soy un buen cocinero, ¿sabe, caballero? Y se nota que usted es un hombre acostumbrado a las comodidades. Estaría mejor en cualquier otro hotel. Tal vez en el Zieglerbrau, o en el Hörhammer, que están al otro lado de la ciudad. Tanto en uno como en otro los americanos son bienvenidos. Y ambos ofrecen excelente comida, sobre todo el Zieglerbrau.

– ¿Debo entender entonces que no hay ningún otro huésped en este hotel? -preguntó, ignorando mis objeciones y mis esfuerzos por hablar su idioma.



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