Me terminé el vaso y dirigí la mirada al hombre que permanecía sentado fuera, en el Buick, y como mi vista ya no era la de antaño, entorné los ojos para verlo mejor. El americano se dio cuenta enseguida.

– Se pregunta quién es mi amigo -dijo-. A qué viene esa expresión avinagrada, tal vez. -Rellenó de nuevo los vasos y dibujó una sonrisa-. No se preocupe. No somos amigos del alma, si es eso lo que se estaba preguntando. Todo lo contrario, en realidad. Si le pregunta su opinión sobre mí lo más probable es que le diga que me odia con todas sus fuerzas, el muy cabrón.

– El compañero de viaje ideal -respondí-. Lo que yo digo, que un viaje compartido aporta recuerdos el doble de felices.

Me terminé el segundo vaso de whisky pero seguí sin tocar los cien marcos, al menos con la mano. Sinembargo, de vez en cuando atraían mi mirada, lo cual no pasó inadvertido para el americano.

– Adelante. Tome el dinero. Ambos sabemos que lo necesita. Este hotel no ha visto entrar un huésped desde que mi gobierno pusiera fin a la persecución de criminales de guerra en Dachau, el agosto pasado. De eso hace casi un año, ¿no? No me extraña que su suegro se suicidara. -No respondí, pero comencé a oler algo sospechoso-. Debe de haber sido duro -prosiguió-. Muy duro. Ahora que los juicios ya han terminado, ¿quién va a querer venir de vacaciones aquí? Es decir, no es que Dachau sea Coney Island, ¿me entiende? Aunque claro, aún podría tener suerte y acoger a unos cuantos judíos dispuestos a darse un paseo por la avenida del recuerdo.

– Vaya al grano -ordené.

– Está bien. -Se terminó la bebida y se sacó una pitillera de oro del otro bolsillo-. Herr Kommissar Gunther.



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