Acepté el cigarrillo que me ofreció y dejé que me lo encendiera con una cerilla a la que infundió vida con la uña del pulgar justo antes de acercármela a la cara.

– Debería tener cuidado al hacer eso -le dije-. Podría estropearse la manicura.

– O podría estropeármela usted, ¿no?

– Quizás.

Soltó una carcajada.

– No se haga el duro conmigo, amigo -advirtió-. Ya hay quien lo ha intentado. Los cabezas cuadradas que lo intentaron aún están recogiendo las piezas que les saltaron de la boca.

– No sé yo. A mí no me parece un tipo tan duro. ¿O es éste el aspecto de tipo duro que prima esta temporada?

– Lo que usted sepa o deje de saber tiene importancia secundaria, Bernie, muchacho. Deje que le diga lo que yo sé, será un minuto. Sé mucho. Sé que usted y su mujer llegaron aquí desde Berlín el otoño pasado para ayudar al padre de ella a llevar este hotel. Sé que él se mató justo antes de Navidad y que eso la dejó muy tocada. Sé que usted era Kriminal Kommissar en Alex, en Berlín. Un poli. Igual que yo.

– No tiene pinta de poli.

– Gracias, lo tomaré como un cumplido, herr Kommissar.

– De eso hace diez años -respondí-. Además, sólo era inspector. O detective privado.

El americano volvió la cabeza hacia la ventana.

– El tipo del coche está esposado al volante. Es un criminal de guerra. Lo que sus periódicos alemanes llamarían un camisa parda. Durante la guerra estuvo destinado aquí, en Dachau. Trabajó en el crematorio, quemando cuerpos, por lo que lo condenaron a una pena de veinte años. Si quiere saber mi opinión, yo creo que deberían haberlo colgado. Como a todos los demás. Pero claro, si lo hubieran colgado ahora no estaría ahí, ayudándome con mis pesquisas. Y no hubiera tenido el placer de conocerle a usted.

Sopló una bocanada de humo hacia el techo de madera tallada y después se quitó una brizna de tabaco de su elocuente lengua rosa.



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